Porteros: los malditos del futbol

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Hace unos días veía una conversación entre Roberto Gómez Junco y Christian Martinoli. En un momento de la entrevista, Martinoli dijo algo interesante: “creo que las peores profesiones que puede haber para el escarnio público son ser político y luego ser árbitro”. Mejores palabras no se pudieron utilizar.

Los árbitros siempre son atacados y acusados. Durante 90 minutos no hay ser más odiado por la afición que él. Si acierta es su trabajo, su obligación. Si se equivoca, su martirio no sólo durará 90 minutos, si se trata de una final, por meses e incluso años nadie le dejará olvidarlo.

Creo que Martinoli olvidó otro puesto trágico: el portero. Ser portero es vivir en la ingratitud.

Cuando estaba en preparatoria se organizó un torneo, mi equipo llegó a la semifinal. No éramos los favoritos, a nuestro equipo no lo bajaban de bulto.

Ese día paré un penal y los delanteros contrarios no podían con nuestra defensa. Metimos un golazo de volea, de los mejores que vi como futbolista estudiantil.

Ganaríamos, pero llegó la tragedia: en un saque de meta quise salir en corto, golpeé el balón con el talón y no llegó al defensa, el delantero contrario tiró con la fuerza que utilizaría Steve Hyuga: 1-1.

Vi en los rostros de mis compañeros la tristeza y frustración. En penales no pude parar ninguno. Di un gran juego, pero me equivoqué y eso fue suficiente para olvidar lo demás.

En la idea de mis compañeros y quienes vieron el juego, perdimos por mi culpa.

Para el portero, un error es suficiente para enviarlo de la gloria al odio.

Moacir Barbosa no pudo detener el tiro de Ghiggia en la final del Mundial del 50. Su país perdió, le culparon y odiaron. Barbosa vivió el resto de sus días con el desprecio de la afición. Murió en la soledad por un gol.

Loris Karius falló dos veces en la final entre Liverpool y Real Madrid, Oliver Kahn no pudo controlar el balón en la final del mundial de 2002.

A Robert Green también se le escurrió el esférico en Sudáfrica 2010 contra EE.UU.

El Gato Marín quiso salir jugando y terminó metiéndose un autogol.

La portería te lleva a la gloria, al amor del aficionado, pero también a la muerte, al odio sólo por hacer algo que es humano, demasiado humano: equivocarte.


daniel.medina@zonafan.mx

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